Andando sin rumbo, por entre las tranquilas casas de Kuderu, encuentro una chimenea oscura y llena de vida. ¿Por qué no atravesarla? ¿Qué habrá al otro lado? Compañeros de bagaje me invitan a pasar y buscar un sitio.
No tengo miedo, me valgo de mis patas para subir o bajar si en algún momento algo me amenazara.
Este lugar parece agradable, gran espacio para moverme y ventanas cerradas que me refugian del incesante sol; así que no me lo pienso más, me quedo aletargado bajo estos altos barrotes.
De repente, algo pasa en mi nuevo hallazgo… algo se mueve. No podría decir exactamente que eran, pero eran dos y me miraban mientras emitían extraños sonidos, luces y movimientos.
Uno se preocupa, el otro le sigue, y me transmiten que no saben cómo acercarse a mí. Yo sin duda estoy tranquilo, no hay porqué temer, son seres respetuosos pero no me habían tenido cerca nunca y no saben cómo hacer.
Y puedo percibir su organización, cómo piensan en conjunto y buscan una solución… aunque ¿dónde está el problema? Sin duda, es evidente, simplemente no nos conocemos, no sabemos dónde están nuestros límites, cuáles son los espacio que por naturaleza vamos a respetar.
Son capaces de recurrir a uno de los suyos y es ahora cuando los identifico, porque este también es de los míos. Este no se piensa nada, anciano astuto que juega conmigo a enseñarme este nuevo lugar guiándome con su enorme ramaje, y obligándome a salir tras una danza donde mi rapidez se encuentra con su experiencia.
Y entre ellos experimentan el sentirse unidos y humildes… reconocer, aprender y sobre todo, reír y sentir el intenso estar.
Seguramente volveré a esa chimenea oscura, y seguramente la próxima vez sean ellos los que jueguen. Mientras tanto los observo como ellos a mí, los reconozco y los ubico en estas tierras, a las que parecieran pertenecer poco a poco.