La India
que
te
acoge, y la India que te exprime. Así hemos vivido nosotros las dos caras de esta experiencia. Vivir en la India, abrazando su cultura y siendo uno más (salvando las distancias), o viajar por la India siendo un turista más sin rostro ni esencia.


El trato como turistas no
nos ha gustado. Los
indios luchan por hacerse un hueco en su violento mercado y los turistas acabamos
entrando, inevitablemente, al trapo en algún u otro momento.
Aunque hayamos intentado huir de estereotipos, luga
res concurridos (salvando las inolvidables) y bocas de lobos, algún bocadito nos hemos llevado... e incluso alguno habremos dado.
Nos quedamos con este país, pero nos quedamos con las entrañas del mismo y denunciamos a voz en grito las injusticias sociales y estructurales de esta nación.
Un gobierno que tiene a sus ciudadanos sin un atisbo de salubridad, que los mete en el tren como si fueran reses, obligándolos a empujarse o a tratarse como eso mismo..., a maltratarse.
No se invierte en que haya agua potable, ni en un hospital al alcance y para las necesidades de todos, en un cableado eléctrico digno o en un cuidado de sus supuestos animales sagrados, la mayoría intoxicados por los plásticos que tienen que comer de las basuras de las que se alimentan.
La India es un país de gente endurecida a la fuerza, capaz de aguantarlo todo, pero que ya se han luchado de sobra su mínimo bienestar. Bienestar para todos y todas, para cada uno y cada una de un pueblo sin posibilidad al cambio porque no se les da lo que se ganan, aprovechando una cultura de escandalosa sumisión.
Comenzamos nuestro viaje recogiendo a nuestro compañero de aventura, Ori, en Bangalore, pasando unos días en la fundación y haciendo la primera parada en un paraíso hecho terrenal, Hampi...
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