Llegar a una ciudad donde te sientas como una hormiga a punto de ser aplastada. Donde incluso entre gente sonriente sientas el dolor de la manera más burda que jamás imaginaste.
Ni uno sólo de los niños que vimos tenían mirada de niño. Ni una de esas bolsas que esnifar acompañada de algo que llevarse a la boca para sustituir el dolor.
Ratas que dormían sobre las cabezas de miles de personas que viven en las calles más turísticas de Calcuta. Sin lugar a duda, casi de manera lujosa, comaparada con aquellos que esperan semanalmente el camión del agua potable en su barrio de basura.
Calcuta es una ciudad que te roba el alma. Una de esas que sabes que algún día te encontrarás de cara, y para la que nunca se está preparado.
Más de 14 millones de personas (contabilizadas) sobreviven en una locura de ciudad llena de escarabajos amarillos, ratas y contrastes.
Podemos contar muchas cosas de esos días que pasamos los tres intentado no perder el norte. Podemos recordar las visitas turísticas de la ciudad, bonitas, porqué negarlo. Podemos hablar del curioso hostal donde nos alojamos, donde teníamos miedo de dejar la puerta del baño abierta por si nos despertábamos con una rata en la nuca.
Podemos recordar la buena (buenísima) comida con la que nos topamos, las compras en las tiendas de aquel hombre que nos esperó sin descanso a la puerta de la cafetería.
Aunque quisiéramos, no podemos olvidar nuestros intentos de salir de fiesta y acabar en algo parecido a un bar de estreptease a lo indio, o con un tío gritando HOOOO-TEEEEL trás nosotros sin descanso.
O la noche que por suerte, y como por arte de magia acabamos en el barrio musulman, lugar donde casí podíamos olvidarnos del resto del mundo y soñar entre las luces y la música de aquellas gentes amigables y especiales.
Pero si podemos recordar y no queremos olvidar, son aquellos tres chavales vendiendo globos. Ese chaval increíblemente dulce que cuida de otros dos en la calle. Ese chico que pensaba en su madre y su hermana pequeña, que cuidaba de no dejarse llevar del todo y que estaba por encima de tantas cosas que casi podías verlo "flotar".
Ni podemos, ni queremos olvidarnos de él, y de tantas otras cosas que Calcuta nos clavó en la retina, no existe tiempo ni alma que asimile un mundo enterrado en miseria, locura y esencia. Respirar su aire creado por Shiva y manchado por el humano, te enegrece el corazon, paseando impasible ante tanta atrocidad humana, culpabilidad de la avaricia, miedos, egocentrismo y desnaturalización de una humanidad que destroza al ser humano.
En este circo de tinieblas nos movimos, andamos, nos mezclamos y también aprendimos que, en la oscuridad la luz brilla más.
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